Opiniones personales. Opiniones ajenas. Mafalda. Otros

domingo, 19 de septiembre de 2021

 Aprender a perdonar

I. ¿Qué quiere decir «perdonar»?

1. Reaccionar ante un mal.

2. Actuar con libertad.

3. Recordar el pasado.

4. Renunciar a la venganza.

5. Mirar al agresor en su dignidad personal.

II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?

1. Amor.

2. Comprensión.

3. Generosidad.

4. Humildad.

III. Reflexión final

 

Prólogo

Todos hemos sufrido alguna vez injusticias y humillaciones; algunos tienen que soportar diariamente torturas, no sólo en una cárcel, sino también en un puesto de trabajo o en el entorno familiar. Es cierto que nadie puede hacernos tanto daño como los que debieran amarnos. "El único dolor que destruye más que el hierro es la injusticia que procede de nuestros familiares," dicen los árabes.

¿Cómo reaccionamos ante un mal que alguien nos ha ocasionado con cierta intencionalidad? Normalmente, desearíamos espontáneamente pegar a los que nos han pegado, o hablar mal de los que han hablado mal de nosotros. Pero esta actuación es como un bumerán: nos daña a nosotros mismos. Es una pena gastar las energías en enfados, recelos, rencores o desesperación; y quizá es más triste aún cuando una persona se endurece para no sufrir más.

Sólo en el perdón brota nueva vida. Por esto es tan importante educar en el "arte" de practicarlo.

I. ¿Qué quiere decir "perdonar"?

¿Qué es el perdón? ¿Qué hago cuando digo a una persona: "Te perdono"? Es evidente que reacciono ante un mal que alguien me ha hecho; actúo, además, con libertad; no olvido simplemente la injusticia, sino que renuncio a la venganza y quiero, a pesar de todo, lo mejor para el otro. Vamos a considerar estos diversos elementos con más detenimiento.

1. Reaccionar ante un mal

En primer lugar, ha de tratarse realmente de un mal para el conjunto de mi vida. Si un cirujano me quita un brazo que está peligrosamente infectado, puedo sentir dolor y tristeza, incluso puedo montar en cólera contra el médico. Pero no tengo que perdonarle nada, porque me ha hecho un gran bien: me ha salvado la vida. Situaciones semejantes pueden darse en la educación. No todo lo que parece mal a un niño es nocivo para él. Los buenos padres no conceden a sus hijos todos los caprichos que ellos piden; los forman en la fortaleza. Una maestra me dijo en una ocasión: "No me importa lo que mis alumnos piensan hoy sobre mí. Lo importante es lo que piensen dentro de veinte años." El perdón sólo tiene sentido, cuando alguien ha recibido un daño objetivo de otro.

Por otro lado, perdonar no consiste, de ninguna manera, en no querer ver este daño, en colorearlo o disimularlo. Algunos pasan de largo las injurias con las que les tratan sus colegas o sus cónyuges, porque intentan eludir todo conflicto; buscan la paz a cualquier precio y pretenden vivir continuamente en un ambiente armonioso. Parece que todo les diera lo mismo. "No importa" si los otros no les dicen la verdad; "no importa" cuando los utilizan como meros objetos para conseguir unos fines egoístas; "no importan" tampoco el fraude o el adulterio. Esta actitud es peligrosa, porque puede llevar a una completa ceguera ante los valores. La indignación e incluso la ira son reacciones normales y hasta necesarias en ciertas situaciones. Quien perdona, no cierra los ojos ante el mal; no niega que existe objetivamente una injusticia. Si lo negara, no tendría nada que perdonar(1).

Si uno se acostumbra a callarlo todo, tal vez pueda gozar durante un tiempo de una aparente paz; pero pagará finalmente un precio muy alto por ella, pues renuncia a la libertad de ser él mismo. Esconde y sepulta sus frustraciones en lo más profundo de su corazón, detrás de una muralla gruesa, que levanta para protegerse. Y ni siquiera se da cuenta de su falta de autenticidad. Es normal que una injusticia nos duela y deje una herida. Si no queremos verla, no podemos sanarla. Entonces estamos permanentemente huyendo de la propia intimidad (es decir, de nosotros mismos); y el dolor nos carcome lenta e irremediablemente. Algunos realizan un viaje alrededor del mundo, otros se mudan de ciudad. Pero no pueden huir del sufrimiento. Todo dolor negado retorna por la puerta trasera, permanece largo tiempo como una experiencia traumática y puede ser la causa de heridas perdurables. Un dolor oculto puede conducir, en ciertos casos, a que una persona se vuelva agria, obsesiva, medrosa, nerviosa o insensible, o que rechace la amistad, o que tenga pesadillas. Sin que uno lo quiera, tarde o temprano, reaparecen los recuerdos. Al final, muchos se dan cuenta de que tal vez, habría sido mejor, hacer frente directa y conscientemente a la experiencia del dolor. Afrontar un sufrimiento de manera adecuada es la clave para conseguir la paz interior.

2. Actuar con libertad

El acto de perdonar es un asunto libre. Es la única reacción que no re-actúa simplemente, según el conocido principio "ojo por ojo, diente por diente"(2). El odio provoca la violencia, y la violencia justifica el odio. Cuando perdono, pongo fin a este círculo vicioso; impido que la reacción en cadena siga su curso. Entonces libero al otro, que ya no está sujeto al proceso iniciado. Pero, en primer lugar, me libero a mí mismo. Estoy dispuesto a desatarme de los enfados y rencores. No estoy "re-accionando", de modo automático, sino que pongo un nuevo comienzo, también en mí.

Superar las ofensas, es una tarea sumamente importante, porque el odio y la venganza envenenan la vida. El filósofo Max Scheler afirma que una persona resentida se intoxica a sí misma(3). El otro le ha herido; de ahí no se mueve. Ahí se recluye, se instala y se encapsula. Queda atrapada en el pasado. Da pábulo a su rencor con repeticiones y más repeticiones del mismo acontecimiento. De este modo arruina su vida.

Los resentimientos hacen que las heridas se infecten en nuestro interior y ejerzan su influjo pesado y devastador, creando una especie de malestar y de insatisfacción generales. En consecuencia, uno no se siente a gusto en su propia piel. Pero, si no se encuentra a gusto consigo mismo, entonces no se encuentra a gusto en ningún lugar. Los recuerdos amargos pueden encender siempre de nuevo la cólera y la tristeza, pueden llevar a depresiones. Un refrán chino dice: "El que busca venganza debe cavar dos fosas."

En su libro Mi primera amiga blanca, una periodista norteamericana de color describe cómo la opresión que su pueblo había sufrido en Estados Unidos le llevó en su juventud a odiar a los blancos, "porque han linchado y mentido, nos han cogido prisioneros, envenenado y eliminado"(4). La autora confiesa que, después de algún tiempo, llegó a reconocer que su odio, por muy comprensible que fuera, estaba destruyendo su identidad y su dignidad. Le cegaba, por ejemplo, ante los gestos de amistad que una chica blanca le mostraba en el colegio. Poco a poco descubrió que, en vez de esperar que los blancos pidieran perdón por sus injusticias, ella tenía que pedir perdón por su propio odio y por su incapacidad de mirar a un blanco como a una persona, en vez de hacerlo como a un miembro de una raza de opresores. Encontró el enemigo en su propio interior, formado por los prejuicios y rencores que le impedían ser feliz.

Las heridas no curadas pueden reducir enormemente nuestra libertad. Pueden dar origen a reacciones desproporcionadas y violentas, que nos sorprendan a nosotros mismos. Una persona herida, hiere a los demás. Y, como muchas veces oculta su corazón detrás de una coraza, puede parecer dura, inaccesible e intratable. En realidad, no es así. Sólo necesita defenderse. Parece dura, pero es insegura; está atormentada por malas experiencias.

Hace falta descubrir las llagas para poder limpiarlas y curarlas. Poner orden en el propio interior, puede ser un paso para hacer posible el perdón. Pero este paso es sumamente difícil y, en ocasiones, no conseguimos darlo. Podemos renunciar a la venganza, pero no al dolor. Aquí se ve claramente que el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico(5). Se puede perdonar llorando.

Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y puede ser que desaparezca con el tiempo. "Las heridas se cambian en perlas," dice Santa Hildegarda de Bingen.

3. Recordar el pasado

Es una ley natural que el tiempo "cura" algunas llagas. No las cierra de verdad, pero las hace olvidar. Algunos hablan de la "caducidad de nuestras emociones"(6). Llegará un momento en que una persona no pueda llorar más, ni sentirse ya herida. Esto no es una señal de que haya perdonado a su agresor, sino que tiene ciertas "ganas de vivir". Un determinado estado psíquico -por intenso que sea- de ordinario no puede convertirse en permanente. A este estado sigue un lento proceso de desprendimiento, pues la vida continúa. No podemos quedarnos siempre ahí, como pegados al pasado, perpetuando en nosotros el daño sufrido. Si permanecemos en el dolor, bloqueamos el ritmo de la naturaleza.

La memoria puede ser un cultivo de frustraciones. La capacidad de desatarse y de olvidar, por tanto, es importante para el ser humano, pero no tiene nada que ver con la actitud de perdonar. Ésta no consiste simplemente en "borrón y cuenta nueva". Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la justicia, que muchas veces pretende camuflarse o distorsionarse. El mal hecho debe ser reconocido y, en lo posible, reparado.

Hace falta "purificar la memoria". Una memoria sana puede convertirse en maestra de vida. Si vivo en paz con mi pasado, puedo aprender mucho de los acontecimientos que he vivido. Recuerdo las injusticias pasadas para que no se repitan, y las recuerdo como perdonadas.

4. Renunciar a la venganza

Como el perdón expresa nuestra libertad, también es posible negar al otro este don. El judío Simon Wiesenthal cuenta en uno de sus libros de sus experiencias en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Un día, una enfermera se acercó a él y le pidió seguirle. Le llevó a una habitación donde se encontraba un joven oficial de la SS que estaba muriéndose. Este oficial contó su vida al preso judío: habló de su familia, de su formación, y cómo llegó a ser un colaborador de Hitler. Le pesaba sobre todo un crimen en el que había participado: en una ocasión, los soldados a su mando habían encerrado a 300 judíos en una casa, y habían quemado la casa; todos murieron. "Sé que es horrible -dijo el oficial-. Durante las largas noches, en las que estoy esperando mi muerte, siento la gran urgencia de hablar con un judío sobre esto y pedirle perdón de todo corazón." Wiesenthal concluye su relato diciendo: "De pronto comprendí, y sin decir ni una sola palabra, salí de la habitación"(7). Otro judío añade: "No, no he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora ni nunca a perdonar a ninguno"(8).

Perdonar significa renunciar a la venganza y al odio. Existen, por otro lado, personas que no se sienten nunca heridas. No es que no quieran ver el mal y repriman el dolor, sino todo lo contrario: perciben las injusticias objetivamente, con suma claridad, pero no dejan que ellas les molesten. "Aunque nos maten, no pueden hacernos ningún daño," es uno de sus lemas(9). Han logrado un férreo dominio de sí mismos, parecen de una ironía insensible. Se sienten superiores a los demás hombres y mantienen interiormente una distancia tan grande hacia ellos que nadie puede tocar su corazón. Como nada les afecta, no reprochan nada a sus opresores. ¿Qué le importa a la luna que un perro le ladre? Es la actitud de los estoicos y quizá también de algunos "gurus" asiáticos que viven solitarios en su "magnanimidad". No se dignan mirar siquiera a quienes "absuelven" sin ningún esfuerzo. No perciben la existencia del "pulgón".

El problema consiste en que, en este caso, no hay ninguna relación interpersonal. No se quiere sufrir y, por tanto, se renuncia al amor. Una persona que ama, siempre se hace pequeña y vulnerable. Se encuentra cerca a los demás. Es más humano amar y sufrir mucho a lo largo de la vida, que adoptar una actitud distante y superior a los otros. Cuando a alguien nunca le duele la actuación de otro, es superfluo el perdón. Falta la ofensa, y falta el ofendido.

5. Mirar al agresor en su dignidad personal

El perdón comienza cuando, gracias a una fuerza nueva, una persona rechaza todo tipo de venganza. No habla de los demás desde sus experiencias dolorosas, evita juzgarlos y desvalorizarlos, y está dispuesta a escucharles con un corazón abierto.

El secreto consiste en no identificar al agresor con su obra(10). Todo ser humano es más grande que su culpa. Un ejemplo elocuente nos da Albert Camus, que se dirige en una carta pública a los nazis y habla de los crímenes cometidos en Francia: "Y a pesar de ustedes, les seguiré llamando hombres… Nos esforzamos en respetar en ustedes lo que ustedes no respetaban en los demás"(11). Cada persona está por encima de sus peores errores.

Hace pensar una anécdota que se cuenta de un general del siglo XIX. Cuando éste se encontraba en su lecho de muerte, un sacerdote le preguntó si perdonaba a sus enemigos. "No es posible -respondió el general-. Les he mandado ejecutar a todos"(12).

El perdón del que hablamos aquí no consiste en saldar un castigo, sino que es, ante todo, una actitud interior. Significa vivir en paz con los recuerdos y no perder el aprecio a ninguna persona. Se puede considerar también a un difunto en su dignidad personal. Nadie está totalmente corrompido; en cada uno brilla una luz.

Al perdonar, decimos a alguien: "No, tú no eres así. ¡Sé quien eres! En realidad eres mucho mejor." Queremos todo el bien posible para el otro, su pleno desarrollo, su dicha profunda, y nos esforzamos por quererlo desde el fondo del corazón, con gran sinceridad.

II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?

Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.

1. Amor

Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.

Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.

Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien la quiere verdaderamente, y le dice: "Es bueno que existas"(13). Hace falta no sólo "estar aquí", en la tierra, sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación(14).

Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza. Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: "Te necesito para ser yo mismo."

Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y amargo. Kierkegaard habla de la "desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo", y no llega a serlo, porque los otros lo impiden(15).

Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con una nueva libertad y con una felicidad más honda.

2. Comprensión

Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que "merece"; cada uno es más vulnerable de lo que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.

Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de ellos. Pero "tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle," advierte el filósofo Robert Spaemann(16). Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las consecuencias de nuestros actos: "no sabemos lo que hacemos"(17). Cuando, por ejemplo, una persona está enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada minuto del día, y me pongo a "analizar" lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un monstruo, hasta al ser más encantador.

Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: "Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si ya lo fuese."

3. Generosidad

Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón.

El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. Es por naturaleza incondicional, ya que es un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.

El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es, ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.

Hay un modo "impuro" de perdonar(18), cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: "Te perdono para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores." Pueden ser fines educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna condición, al igual que el amor auténtico: "Te perdono porque te quiero -a pesar de todo."

Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe por qué.

4. Humildad

Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia arrogancia.

Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede molestar al agresor en cualquier momento. "Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo)"(19). Aquí se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.

Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario "cambiar la silla", al menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.

El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y "puro", la víctima debe evitar hasta la menor señal de una "superioridad moral" que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos, no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.

Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.

III. Reflexión final

Hemos hablado de una labor interior auténtica y dura. No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y cree haber obrado correctamente? ¿Puede una madre perdonar jamás al asesino de su hijo? Podemos perdonar, por lo menos, a una persona que nos ha dejado completamente en ridículo ante los demás, que nos ha quitado la libertad o la dignidad, que nos ha engañado, difamado o destruido algo que para nosotros era muy importante? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si contamos sólo con nuestra propia capacidad. Pero un cristiano cuenta, además, con la ayuda todopoderosa de Dios. "Con mi Dios, salto los muros," canta el salmista. Podemos referir estas palabras a los muros que están en nuestro corazón. Con la ayuda de buenos amigos y, sobre todo, con la gracia de Dios, es posible realizar esta tarea sumamente difícil y liberarnos a nosotros mismos. Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un gran alivio. Significa optar por la vida y actuar con creatividad.

Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Hay que dejar a una persona todo el tiempo que necesite para llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandaría su herida. Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con un amigo(20). En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Antes que nada, debemos tranquilizarnos, aceptar que nos cuesta perdonar, que necesitamos tiempo. Seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. No podemos sorprendernos frente a tales dificultades, tanto si son propias, como si son ajenas.

Si conseguimos crear una cultura del perdón, podremos construir juntos un mundo habitable, donde habrá más vitalidad y fecundidad; podremos proyectar juntos un futuro realmente nuevo. Para terminar, nos pueden ayudar unas sabias palabras: "¿Quieres ser feliz un momento? Véngate. ¿Quieres ser feliz siempre? Perdona."

Jutta Burggraf, teóloga alemana fallecida, escribió este artículo para "Retos de futuro en educación". (Ed. por O.F. Otero. Madrid 2004). In memoriam (1952-2010)

 

domingo, 6 de diciembre de 2020

 Repasando la Biblia me encuentro con este pasaje:

Primer Libro de los Reyes, 8,55-61

“En aquellos días, el Rey Salomón, en pie y en alta voz bendijo a la asamblea de Israel con la siguiente fórmula: Bendito sea el Señor que ha dado descanso a su pueblo Israel, cumpliendo todo lo prometido. No ha fallado ni una sola de las promesas que hizo por medio de su siervo Moisés. Que el Señor nuestro Dios esté con nosotros como lo estuvo con nuestros padres, que no nos abandone ni nos rechace; así nosotros le rendiremos el corazón y seguiremos sus caminos, cumpliendo sus mandatos, preceptos y decretos que mandó a nuestros padres.

Que esta súplica que pronuncio ante el Señor, llegue hasta el Señor nuestro Rey día y noche, para que gobierne a su siervo y a su pueblo Israel en los asuntos de cada día. Así sabrán todos los pueblos de la tierra que el Señor es nuestro Dios y que no hay otro. Sed leales con el Señor vuestro Dios, siguiendo sus órdenes y cumpliendo sus mandatos, como lo hacéis hoy".

Estas palabras las pronuncia el sabio Rey Salomón hace ya muchos miles de años, me han hecho pensar y preguntarme: ¿y ahora?. Ahora, por desgracia vamos en sentido contrario, eso está claro; y me hago otra pregunta: ¿pero es el sentido correcto?, para mi que no, cada día que pasa estamos más despistados y la explicación la podemos encontrar en una frase que oí hace algunos años: "Dios perdona siempre, el hombre algunas veces y la naturaleza nunca".

Me da la impresión que no solo vamos en sentido contrario y equivocado sino que estamos tan empecinados que somos incapaces de rectificar a pesar de lo que estamos viendo.

A pesar de todo tengo la esperanza de que se cumpla lo que dijo Chesterton: "A cada época y cultura, las salva un puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales" 

domingo, 22 de noviembre de 2020

Reflexionaremos?

 Leo que la primera ministra del Perú es una acérrima defensora del aborto y de la ideología de género; también que la electa vicepresidente de EEUU va por el mismo camino y, yo me pregunto: ¿con la que está cayendo, de verdad piensan los gobernantes que la solución está en dar leyes que pretenden "legalizar" pecados tan antiguos como Adán y Eva y llamarse "progresistas modernos?. Reconozco que la ignorancia y la estupidez dan la sensación de campar a sus anchas por una sociedad incapaz de reflexionar y reaccionar.

Pero, no quiero acabar con un pensamiento negativo, sino con un mensaje que me llegó hace pocos días: "A cada época y cultura las salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales". La cita es de Chesterton.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Dice Monseñor Munilla que en toda crisis se encubre una llamada a reedescubrir los valores que nunca debimos perder; no puedo estar más de acuerdo, por eso cuando alguien me pregunta mi opinión sobre cuánto durará esta situación, le pido a Dios que sepamos todos descubrir los valores cristianos y nos decidamos a cambiar nuestras prioridades cuanto antes, por el bien de todos.

No podemos seguir viviendo de espaldas a Dios y pretendiendo que sea Él el que se adapte a nuestra forma de comportarnos porque a nuestra forma de pensar es difícil, dado que pensar, pensamos poco. Hago mía la reflexión de Mafalda.

Somos tan frívolos que en lugar de pensar que tenemos una oportunidad para aprender a convivir cediendo, hay quien opina que después de este parón aumentarán los divorcios; cuanto nos queda por aprender. Prefiero quedarme con el chiste del que en estos días ha descubierto lo simpática que es su mujer.

Acabo esta breve reflexión, aprovechemos este tiempo para reflexionar y leer buenos libros. 

miércoles, 11 de marzo de 2020

Hace más de un año que no dedico tiempo a este blog, por lo tanto lo primero que quiero hacer es pedir perdón a mis lectores y prometerles que al menos una vez a la semana tendrán noticias mías. Hoy y dado la alarma creada en España con el famoso coronavirus, quiero dedicar unas líneas a este tema.

Estoy recibiendo muchos videos con noticias y datos del coronavirus; sin embargo el que más me ha gustado ha sido el comentario de un español que vive en el norte de Italia, es decir, de los aislados, y le comentaba a su hermana que, gracias a Dios él había podido comulgar todos los días; un aplauso para ese hombre que tiene claro lo único importante.

Opino que esta crisis nos tendría que llevar a reflexionar sobre nuestros intereses, valores y prioridades. Nos creemos que podemos controlar todo, que podemos hacer lo que nos de la gana sin respeto a Dios, a su Ley, a los demás, etc. y ahora nos encontramos que no podemos controlar una epidemia que traspasa fronteras sin pedirnos permiso a nosotros que nos creemos todopoderosos y que en el colmo de nuestra imbecilidad queremos organizarle la vida a Dios y decidir por Él lo que está bien y lo que está mal.

El "seréis como dioses" del diablo -ese que los listos dicen que no existe- sigue plenamente vigente y nosotros vamos de cráneo sin querer admitir la poca cosa que somos. 

domingo, 24 de febrero de 2019

El saber no ocupa lugar

LA MARIHUANA (PORRO)
·         A. Efectos de la marihuana.
·         B. Algunos estudios sobre la marihuana.
A. EFECTOS DE LA MARIHUANA
1. ¿Qué es la marihuana? Es una planta (cannabis sativa) con los efectos tóxicos de una droga debido a que contiene una sustancia química llamada delta-9 tetrahidrocannabinol (THC). Para obtener la droga se puede usar toda la planta. Las hojas dan el kifi, de las flores se obtiene la grifa, y con la resina de las flores se forma el hashish o hachís. Los cigarrillos de marihuana suelen llamarse porros.
2. Efectos de la marihuana.- Los efectos dependen de la concentración de thc, de las características y enzimas de cada persona, de la vía de administración y la experiencia, incluso del ambiente. Sus efectos son peores en jóvenes. Algunos efectos de la marihuana son inmediatos, otros se producen con el uso continuado.
3. Efectos inmediatos de la marihuana (varían):
  • Unas veces hay euforia e irrealidad; otras veces dificultades de atención y temores.
  • Luego se altera la percepción sensorial; aparece un exceso de sensibilidad y sugestionabilidad que produce altibajos y cambios de humor. La marihuana disminuye el control afectivo con pérdida de dominio propio. Perturba el cerebro originando una situación de risa tonta con la mirada perdida, fantasías, desorientación, incluso alucinaciones.
  • Más adelante aparece la dejadez, indiferencia, pasotismo, pérdida de energía para moverse, falta de ilusión y de motivación, que invita a tomar de nuevo la droga.
4. Efectos secundarios de la marihuana (también varían):
  • efectos físicos: La marihuana deteriora los pulmones y las células, sobre todo los glóbulos blancos y los espermatozoos. Acelera las pulsaciones. Disminuye las defensas. Daña la garganta (faringitis, tos). Un sólo porro deja más alquitrán en los pulmones que varios cigarrillos entre otros motivos porque se fuma sin filtro (bronquitis, asma).
  • efectos psíquicos: La marihuana distorsiona la percepción estropeando la sensibilidad, disminuye la memoria y la voluntad, dificulta pensar, aprender y tomar decisiones, produce ansiedad y agresividad alterando el equilibrio psíquico. Hace perder interés y motivación por las cosas normales (vida, higiene...) para centrar la atención en la droga y sus rituales. La marihuana crea dependencia psíquica disminuyendo la libertad mientras el afectado piensa que sucede lo contrario. Causa daños cerebrales. Aumenta el desorden personal y se deteriora el aspecto externo.
  • efectos sociales: La marihuana produce disgustos familiares, inestabilidad laboral, pérdida de capacidades profesionales, actos delictivos, propagación de la droga, aislamiento en grupos de drogadicción. La marihuana es el paso previo a drogas más fuertes (a menudo basta con que uno del grupo empiece).
  • Un dato curioso: la palabra asesino procede del árabe hassasin que significa los bebedores de hachís. No es que los porreros sean asesinos, pero el dato es significativo: la marihuana no es ninguna broma.
5. ¿Cómo se empieza a tomar marihuana? Los motivos de comenzar son parecidos a los de otras drogas (imitación, estar de moda, deseo de olvidar problemas, etc.). Normalmente se empieza por una calada o un porro que te regalan. El paso siguiente es comprar: así uno se introduce más en el ambiente, aprendiendo nuevas formas de drogarse. Luego se pasa a vender, etc.
6. ¿Cómo dejar de tomar marihuana? La marihuana disminuye la voluntad y crea adicciones psíquicas; por esto es costoso dejarla. Para conseguirlo se recomienda: tener el tiempo ocupado, cortar con los ambientes de droga y buscar el apoyo de alguien (ver el tema drogas). Pero lo mejor es no empezar a tomarla. Así me insisten varios amigos que dejaron la droga: para dejarlo lo mejor es no comenzar, y para no empezar lo mejor es no ir con gente que se drogue; y no plantearse dudas.
7. ¿Todos esos efectos se producen fumando marihuana un poco? No siempre suceden todas las consecuencias, y desde luego los efectos de la marihuana son menores si se fuma menos, (lógico). Pero no debe olvidarse que las neuronas dañadas se regeneran con dificultad, y un sólo porro afecta al cerebro, como cualquiera puede apreciar.
8. ¿Cómo se conocen los efectos de la marihuana? Hay dos o tres caminos para conocerlos: hacer una investigación propia, estudiar lo que otros han investigado seriamente, o mezclar ambos sistemas. En cambio, es poco exacto fiarse de uno o dos casos privados, porque los efectos a veces varían.
9. ¿Es necesario fumar marihuana para conocer sus efectos? No, no. Un médico no necesita enfermar para conocer los efectos de una dolencia, basta analizarlos en sus pacientes o aprender de otros médicos que los hayan investigado.
10. ¿Duran mucho los efectos de la marihuana en el cerebro? (Hacen esta pregunta desde México). Los efectos varían de unas personas a otras. Respecto a los daños cerebrales se puede decir:
  • La marihuana afecta al cerebro a los pocos minutos de su uso. Esto es muy evidente.
  • La marihuana (el THC) se elimina con dificultad y tarda aproximadamente un mes en suprimirse. Los efectos cerebrales disminuyen conforme se va eliminando.
  • El cerebro es capaz de amoldarse y usar otras conexiones neuronales cuando algunas neuronas quedan dañadas. Por esto, unos estudios muestran la ausencia de efectos pasado un mes, mientras que otros estudios hablan por ejemplo de enfermedades psicóticas más frecuentes en usuarios de marihuana.
B. ALGUNOS ESTUDIOS SOBRE LA MARIHUANA
1. Marihuana y memoria a corto plazo.- En 1989, Schwartz y otros realizaron un test sobre este tema entre jóvenes de unos 16 años de similares características educativas e intelectuales. Los fumadores de marihuana fallaron mucho más en la memoria a corto plazo. Al cabo de un mes sin droga, aún presentaban fallos superiores a los no fumadores.
2. Marihuana y actividad psicomotora.- En 1991, se reunió a diez pilotos experimentados, y se les entrenó con un simulador de vuelo. El test comenzó con un aterrizaje previo. Luego, unos fumaron un solo porro, y otros un cigarrillo sin marihuana. El vuelo simulado se repitió una, cuatro y venticuatro horas más tarde. En las tres pruebas, los que habían fumado marihuana tuvieron importanes dificultades para alinear el avión en el centro de la pista. Y ninguno notó que la marihuana le había afectado.
3. Marihuana y esquizofrenia.- Un estudio sueco de 15 años de duración sobre 55.000 militares mostró que los consumidores habituales de marihuana tienen seis veces más probabilidad de volverse esquizofrénicos.
4. Marihuana y envejecimiento.- El premio Nobel Dr. Julius Axelrod descubrió que el índice de regeneración celular de los consumidores de marihuana es menos de la mitad del normal.
Sir William Paton, profesor de farmacología en Oxford, descubrió que la atrofia cerebral en jóvenes consumidores de marihuana es equivalente a la de ancianos de 80 años.
5. Información sobre la marihuana proporcionada en la web de algunos gobiernos:



sábado, 2 de febrero de 2019

El saber no ocupa lugar

LA LEALTAD
·         A. ¿Qué es la lealtad o fidelidad?
·         B. Lealtad con los demás.
·         C. Lealtad con uno mismo.
·         D. Lealtad con Dios.
A. ¿QUÉ ES LA LEALTAD O FIDELIDAD?
1. ¿Qué es la lealtad? La lealtad o fidelidad es el hábito de cumplir los compromisos adquiridos. Es una virtud deseable, porque la condición de traidor o desleal nadie la quiere.
2. ¿Lealtad y responsabilidad se parecen? En ambos casos se cumplen los compromisos adquiridos, pero hay una diferencia: la persona leal lleva a cabo lo pactado porque desea cumplir la palabra dada. En cambio, la persona responsable realiza sus deberes porque son deberes, porque asume sus obligaciones. Ambas cualidades se apoyan entre sí.
3. ¿Lealtad y justicia se parecen? La lealtad forma parte de la justicia, en el sentido de que cumplir los compromisos adquiridos es un deber contraído con alguien.
4. ¿Lealtad y constancia se parecen? Más bien se refuerzan una y otra. La constancia ayuda a cumplir la palabra dada cuando su realización lleva tiempo. La lealtad ayuda a ser constantes en el esfuerzo, por lealtad a lo prometido.
5. ¿Cómo ejercitar la lealtad? Hay varios campos donde practicar la lealtad, que saldrán en los siguientes apartados. Veamos ahora algunos ejemplos:
  • Acudir a las reuniones acordadas.
  • Evitar hablar mal de los demás.
  • Cumplir los propósitos.
6. ¿Hay tipos de lealtad? La fidelidad admite varios matices según se trate de lealtad con Dios, con los demás o con uno mismo. Y en cada uno de estos casos hay aspectos interesantes según el compromiso sea expreso o sobreentendido. No es un tema complicado, pero veamos despacio estas situaciones.
B. LEALTAD CON LOS DEMÁS
- a) Lealtad explícita.
1. ¿Qué es la lealtad explícita con los demás? Es la lealtad más visible. Se trata de cumplir los compromisos expresamente adquiridos con los demás. Y equivale a cumplir la palabra dada, sea por escrito o verbalmente. Se aplica en cosas pequeñas como presentarse a la hora convenida, y en asuntos de mayor gravedad como cumplir un contrato profesional, o ser fiel en el matrimonio.
2. ¿Lealtad matrimonial? Consiste en cumplir los compromisos adquiridos en el matrimonio. Por ejemplo, serían contrarios a esta lealtad el trato frívolo con otra pareja, y el desentenderse del cónyuge o de los hijos. También sería opuesto a la lealtad matrimonial las continuas recriminaciones o broncas. Mientras que la lealtad se fortalece con los comportamientos que mejoran la concordia familiar.
- b) Lealtad sobreentendida o implícita.
3. ¿Qué es la lealtad implícita con los demás? En este caso, la lealtad con los demás se ejercita cumpliendo los compromisos que por sí mismos van unidos a una situación o a un hecho, aunque no se haya dicho previamente nada. Por ejemplo, la amistad incluye el deseo de buscar el bien del amigo aunque no se diga expresamente. Por esto, duelen más los daños causados por un amigo, pues al sufrimiento normal se añade la deslealtad.
4. ¿Más ejemplos? Hay muchas lealtades sobreentendidas. Por ejemplo:
  • En una empresa se supone que todos buscan el bien de la fábrica. Y si un jefe o empleado perjudicara al propio trabajo o favoreciera a la competencia, sería considerado desleal, aunque no haya habido compromisos verbales previos.
  • Esta lealtad implícita es una cualidad importante que abarca muchos campos de la vida y hay ejemplos abundantes: si un católico hablara contra la Iglesia, estaría siendo desleal; si un jugador contribuyera voluntariamente a que su equipo perdiera, se le llamaría traidor, pues se sobreentiende que los miembros de un equipo deben lealtad a sus colores.
C. LEALTAD CON UNO MISMO
- a) Lealtad explícita.
1. ¿Qué es la lealtad explícita con uno mismo? Es la lealtad a las propias convicciones, una fidelidad más interior que suele llamarse coherencia, y equivale a cumplir la palabra dada a uno mismo, sosteniendo con firmeza los propios ideales. Aceptar incomprensiones, persecuciones, antes de permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra quizá el núcleo más íntimo de la fidelidad.
2. ¿Un ejemplo fácil? Si uno es hincha intenso de un equipo, sería incoherente si se comprara una bufanda del equipo rival.
3. ¿Un ejemplo más serio? En asuntos de fe, falta coherencia cuando no se vive conforme a lo que se cree, y también es incoherente la actitud de quien en ocasiones se comporta como católico, y otras veces olvida su condición. La lealtad consigo mismo invita a mantener los buenos ideales en toda circunstancia y en todo ambiente, siendo cristianos de tiempo entero, que procuran vivir siempre conforme a las exigencias de su fe, incluso en los negocios, o en verano, etc.
4. ¿Y si faltara coherencia en la fe? La falta de practicar la fe y las actitudes intermitentes pueden acabar en derrumbamientos, si el ambiente se torna adverso.
- b) Lealtad sobreentendida o implícita.
5. ¿Qué es la lealtad implícita con uno mismo? A veces los propios ideales son conocidos con claridad, y éste es el sentido habitual de la coherencia. Pero también hay una coherencia sobreentendida respecto a uno mismo cuando los propios principios se suponen. Por ejemplo, quien se droga se causa un daño y no es coherente con la idea básica de evitarse males a sí mismo.
D. LEALTAD CON DIOS
- a) Lealtad explícita.
1. ¿Qué es la lealtad explícita con Dios? Se trata aquí de cumplir la palabra dada a Dios. En cosas pequeñas como llevar a cabo un propósito sencillo. O en temas de mayor importancia como la fe o la vocación. En este último caso, uno se ha comprometido a dedicar su vida al servicio divino y es leal cuando mantiene su palabra.
- b) Lealtad sobreentendida o implícita.
2. ¿Qué es la lealtad implícita con Dios? Esta lealtad con Dios abarca los deberes que tenemos con Él por el hecho de ser hombres o cristianos, aunque no haya habido un compromiso verbal previo. Por ejemplo, hemos de cumplir los mandamientos, recibir los sacramentos, hacer apostolado, etc. Nuestro Señor nos ha otorgado la dignidad humana y cristiana, que reclaman un comportamiento adecuado.
3. ¿Esto es un fastidio? Esto no es un fastidio sino una consecuencia que acompaña a un gran don. Como quien recibe en herencia grandes riquezas adquiriendo la responsabilidad de administrarlas bien. Por ejemplo, uno reconoce el gran don de la filiación divina y afirma: quiero vivir como un hijo de Dios; quiero ser leal a mi Padre.
4. ¿Y si hay varias lealtades que se oponen? Suelen ser casos difíciles de resolver, donde habrá que dar prioridad a la lealtad más importante.
5. ¿Por ejemplo? Si uno se compromete a hacer algo malo, lo correcto es no hacerlo. En este caso están en juego tres lealtades: la fidelidad a la palabra dada a alguien, la coherencia implícita con uno mismo que incluye la regla de hacer el bien y evitar el mal. Y finalmente la lealtad implícita con Dios que ordena cumplir los mandamientos. Está claro que la fidelidad con Dios está por encima de compromisos humanos, y esa mala acción debe evitarse.
4. Una cita.- El 26.I.79, Juan Pablo II dijo unas palabras sobre la lealtad que merece la pena recordar: "Toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración (...) Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente a la hora de la exaltación, difícil serlo a la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad a una coherencia que dura a lo largo de toda la vida".
(www.ideasrapidas.org)



miércoles, 30 de enero de 2019

Palabras con mala prensa


Palabras con mala prensa

Aguantar: significado según el Diccionario

Sostener o sujetar el peso de algo o alguien.

Soportar o tolerar una cosa que resulta poco o nada agradable, una situación adversa, una condición climática, etc.

Soportar la compañía de determinada persona.

Resistir con fortaleza ante algo que implica esfuerzo, sacrificio o sufrimiento: "es admirable cómo aguanta el dolor sin una sola queja”…

El título de esta nueva sección que me propongo abrir en el blog “Parada y fondo”, se debe a la observación de la vida misma; cada día salta más a la vista lo poco que nadie está dispuesto a aguantar algo que le contraría y por el contrario, lo obligados que estamos todos a soportar, a  aguantar lo que no queremos; diría que es el peaje que tenemos que pagar por el hecho de vivir. Es completamente imposible pasar por la vida y que todo te vaya bien, por lo tanto doy una sugerencia: quizás lo que hay que hacer es buscar una razón superior por la cual no nos limitemos a “aguantar” sino a aceptar y llevar lo que tenemos lo mejor posible.

Ayer, leía en un determinado periódico una entrevista a un escritor que hace un tiempo había perdido a su mujer, le preguntaba el periodista si él pensaba que con fe era más fácil aceptar ese trance, reconozco que su respuesta me hizo gracia por lo absurdo, decía que “bueno, yo veo que a las personas con fe también les cuesta”; la fe –añado yo- no es una especie de coraza que te aísla de lo costoso, repito, el ser persona conlleva dolores y alegrías con fe y sin ella; el matiz que separa a la persona con fe de la que no la tiene, a mi juicio, se llama esperanza y eso es lo que realmente ayuda a llevar mejor las situaciones costosas, pero repito, lo costoso es costoso para todos y hay que saber aguantar.